"Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra. Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo." Arthur C. Clarke

miércoles, 7 de mayo de 2008

Cánticos de la lejana Tierra

Este es el título de una, para mí, magnífica novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke. Una novela que rezuma romanticismo ante la inmensidad del cosmos y los misterios de la vida humana.

Por lo que sabemos, el universo es, a nuestra escala, prácticamente infinito. Solo nuestra galaxia tiene cientos de miles de millones de estrellas. Cientos de miles de millones. Y nuestra galaxia es simplemente una entre cientos de miles de millones de ellas. Cientos de miles de millones. Y esto solo es lo que sabemos. Podrían existir también cientos de miles de millones de universos aislados. O que el nuestro tenga una extensión cientos de miles de millones de veces mayor de lo que hasta ahora creemos, dependiendo de la velocidad de expansión durante el periodo de inflación que siguió al Big Bang. Lo mismo podemos decir del tiempo. Han pasado unos 14.000 millones de años desde el instante de la Creación. Y queda por delante toda una eternidad. Son unas dimensiones absolutamente inabarcables, por lo que decir que nuestro planeta es una pequeña mota perdida en la inmensidad es ser enormemente generoso para con nuestro mundo.

Pero no todo es insignificancia en este rincón del cosmos. Aquí ha florecido no solo la vida, si no algo mucho más valioso, la conciencia. Y con ella la tecnología que nos hará perdurar hasta que la última estrella se apague, hasta que el universo se diluya completamente o vuelva a replegarse en un inmenso Big Crunch. No hace mucho escuché hablar de un concepto de esos que hacen que la astronomía destile romanticismo y melancolía, la radiosfera. Se trata del espacio hasta donde han llegado las ondas de radio que la humanidad ha emitido, desde que éstas empezaron a inicios del siglo XX. Si mal no recuerdo, la primera emisión de video con potencia suficiente como para superar la atmósfera y que salió de la Tierra rumbo a la eternidad fue la ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos de Berlín de 1.936, un alegato de Hitler sobre la raza aria y el nazismo. No fue una buena tarjeta de presentación. Desde entonces, millones de señales han partido desde este pequeño planeta rumbo a todo el universo. Todas estas señales han llegado ya, debilitadas, a cientos de nuestras estrellas vecinas, a cientos de planetas extrasolares.

Pasarán los años, y esas señales seguirán recorriendo con obstinación estrellas y planetas, nebulosas y cúmulos, galaxias y más galaxias. Pasarán los años, los siglos, los milenios. Pasarán millones de años, hasta que nadie recuerde ya ese pequeño planeta ni esos insignificantes seres vivos que lo habitaron, y esas señales seguirán llevando nuestra obra a lo largo de todo el universo. Débiles, debilísimas señales, que esconden en su codificación imágenes de todas nuestras ciudades, obras, toda nuestra ciencia, nuestro entretenimiento, nuestra música, nuestra historia. Apenas un residuo de radiación que permanecerá durante miles de millones de años como único testigo de nuestro paso por este misterioso campo de estrellas, más allá del momento en el que el sol deje de iluminar nuestro cielo y la Tierra vuelva a ser polvo disperso en el espacio.

Señales que posiblemente ya hayan llegado a formas de vida inimaginables para nosotros. Que ya han llegado o llegarán en un futuro más o menos lejano a conciencias y civilizaciones que contemplarán, si llegan a descifrarlas, las imágenes de una antiquísima y lejana civilización llena de odios, amores, imaginación, esperanza, maldad, arte, miedos, sensibilidad, conciencia. Quizá también algún día nuestros lejanísimos descendientes miren con condescendencia la atribulada vida de nuestra sociedad. Quien sabe, quizá esas extrañas conciencias también se conmuevan escuchando nuestra música, mirando nuestras pinturas. Quizá el concepto de belleza sea una ley natural, quizá la ley moral exista realmente como una ley física, eterna y universal más, y esas mentes que nos observen en lugares lejanísimos en el espacio o en el tiempo se conmuevan ante la melancolía, la búsqueda de la belleza y de la verdad, las pasiones, los sacrificios y atrocidades que una vez una extraña especie esparció por el universo desde la lejana Tierra.

5 comentarios:

Leg dijo...

Qué bonita entrada...

Se la voy a enviar a un amigo mío que trabaja en la radio... le va a encantar.

;-)

Mega dijo...

Estoy leyendo ahora (en catalán) "Micromégas. Una història filosòfica", de Voltaire, y este ilustrado del siglo XVIII ya decía cosas parecidas sobre la vastedad y la semejanza del universo.

Venía a decir que cada uno de nosotros somos distintos e iguales a los demás, y que lo mismo sucede con las distintas especies de la naturaleza, de modo que si bien es cierta la existencia de múltiples diferencias, también lo es el hecho de que cada una guarde (consigo y con el resto) un sentido de la proporción, justificando la belleza (¿perfección? ¿armonía?) de toda esa variedad de formas su misma existencia.

Lo he resumido con mis palabras, pero era algo parecido.
Un saludo,

Adivagar dijo...

Mega, todos los seres vivos que habitamos la Tierra compartimos un mismo origen y una misma biología. Como comentaba en una entrada antigua, toda la vida es una. Pero no metafóricamente, sino literalmente, toda la vida es una, desarrollada de modo diferente. Estamos emparentados por vía sanguinea con todas las criaturas vivientes de este planeta. Y posiblemente compartamos principios básicos con toda la vida existente en el universo. Y los mismos principios físicos, en cada rincón de cada galaxia, todo funciona, todo interactúa con las mismas reglas que aquí. Es esperable que encontremos una similitud en todo lo que exploremos. Y posiblemente esa similitud exista también en relación a una Ley Moral universal. Es una reflexión interesante, pues la existencia real de dicha ley nos puede llevar a concluir que es necesaria la mano de un "creador", al igual que con las leyes físicas. También se habla mucho de este tema en el libro que comenté no hace mucho, "¿Cómo habla díos?"

Leg, muchas gracias por tus palabras, me alegro de que te haya gustado la entrada.

Un saludo.

Paco Rodríguez dijo...

Si alguna civilización hubiera oido alguna señal, si ya supiesen desde otros planetas, o de otras galaxias de nuestra existencia, si nos hubieran investigado en sus acercamientos si existieren, y sabiendo como somos los humanos. ¿será por eso mismo por lo que no se dejan ver? si nosotros nos matamos unos a otros, que podriamos hacer con ellos.

supongo que dirían, ¡Terrícolas que os zurzan, o que os den por cu...!

Butzer dijo...

Un post con reflexiones que dan vértigo. Vértigo de altura, de lejanía y de inmensidad.
Un saludo.

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