"Tras cada hombre viviente se encuentran treinta fantasmas, pues tal es la proporción numérica con que los muertos superan a los vivos. Desde el alba de los tiempos, aproximadamente cien mil millones de seres humanos han transitado por el planeta Tierra. Y es en verdad un número interesante, pues por curiosa coincidencia hay aproximadamente cien mil millones de estrellas en nuestro universo local, la Vía Láctea. Así, por cada hombre que jamás ha vivido, luce una estrella en ese Universo." Arthur C. Clarke

jueves, 21 de junio de 2007

El solsticio de verano

Aunque por el tiempo que estamos sufriendo no lo parezca, hoy empieza el verano. Hoy es el día más largo del año en el hemisferio norte, el solsticio de verano. Del latín solstitium, sol y statum, estático, el sol quieto. La definición formal es el momento del año en el que el sol alcanza su máxima posición boreal, el momento en el que el sol alcanza el cenit a mediodía sobre el trópico de cáncer. La etimología nace por el hecho de que el sol aparenta salir durante unos días por el mismo sitio, dejando de nacer cada día más al norte para pasar a hacerlo en los días posteriores más al sur.

Aunque a nosotros nos pase completamente desapercibido y no sea más que una anecdótica efeméride astronómica, no lo era así para nuestros antepasados. Ellos dependían de la observación de estos fenómenos para su supervivencia, y los contemplaban de forma mucho más natural que nosotros. Cada día, desde la entrada de su cueva o cabaña, veían nacer el día envueltos en sus tareas cotidianas. Un día les despertaba deslumbrándoles al aparecer sobre el pequeño abeto a pocos metros de la entrada de la cueva, o detrás de la colina situada a unas decenas de metros. Poco a poco iban observando como el amanecer se iba desplazando hacia la izquierda, alumbrando primero a su compañero de cueva, al salir ya no sobre el abeto, sino sobre el claro que se extiende a su izquierda. Así, observaban de forma natural como el amanecer se iba desplazando a lo largo del tiempo entre dos puntos extremos, uno situado a la derecha y otro a la izquierda, y que nunca jamás el sol al amanecer pasaba de ahí. Así nacieron conceptos esenciales como el año (el tiempo que tardaba el sol en volver a salir por el mismo sitio, en este caso el abeto), las estaciones o los solsticios.

Y, en su rutina diaria, no les sería difícil relacionar esos movimientos con los ciclos naturales, marcados por las estaciones. Así, cuando el sol alcanzaba a alumbrar el fondo de la caverna, o determinada pintura o marca de sus paredes, sabían que estaba cerca el tiempo en el que su entorno se llenaría de frutos para alimentarse. O que cuando el sol saliera por esa roca con forma extraña junto al río llegarían las lluvias y el frío y necesitaban empezar a almacenar víveres y curtir pieles que les proporcionaran más abrigo. O que las migraciones de búfalos comenzaba tras aparecer el sol justo sobre la cueva cercana que les servía de taller de pedernal.

No sabían nada de órbitas, de ejes de rotación, ni de posiciones relativas, pero sabían que los ciclos naturales estaban marcados por el comportamiento de esa cálida esfera. De ese conocimiento, adquirido en su rutina diaria, dependía la supervivencia del grupo. En algunos grupos había algún miembro que se encargaba de ir marcando con piedras o estacas la salida del sol cada día del año, para poder predecir el cambio de las estaciones, y con el paso de las generaciones estos conocimientos se iban asentando en la conciencia de todo el grupo. Algunas tribus llegaban más allá y levantaban piedras con orificios en las más extremas de estas marcas, de forma que solo cuando el sol nacía más al norte o más al sur sus rayos atravesaban esos orificios y apuntaban lo que había detrás. Con el paso del tiempo marcaban también ese punto en el que incidía ese rayo, con otra piedra o un dibujo ritual. Así, fueron naciendo complejos astronómicos que ahora nos sorprenden, como Stonehenge. De forma natural, por simple observación de su entorno, sin ningún rasgo místico ni sobrenatural. De esta manera mejoraban sus posibilidades de supervivencia.

Ahora, en nuestras ciudades, hemos perdido las estrellas, y nos parece sobrecogedor que nuestros ancestros fueran capaces de alcanzar esa sabiduría, sin darnos cuenta de que formaba parte de su entorno, de su rutina. ¿Seríamos nosotros capaces de fabricar una punta de lanza de silex? Evidentemente no como ellos, no como nuestros padres. Nuestra supervivencia no depende de ello.

5 comentarios:

Maripuchi dijo...

Precioso post.
Una de las cosas más maravillosamente increíbles que he visto nunca es el sol de medianoche.
Pierdes la noción del tiempo...

Dardo dijo...

Tan importante ha sido que en la historia de las religiones ha ocupado un papel esencial. La luz y los rayos solares serían atributos de la divinidad.

¡Que bien, amigo!.

Pero a propósito de Sol y de insolaciones. Te voy a dejar un comentario en el blog de Aracne.

Adivagar dijo...

Gracias Maripuchi. Te envidio, me encantaría ver el sol de medianoche. Más que verlo, sentirlo. Y observar auroras. Pero para ambas cosas hay que irse demasiado al norte. Quizá algún día...

Adivagar dijo...

Así es, Dardo. Los fenómenos naturales que influían en la vida diaria de la sociedad y de las que dependían sus vidas siempre han formado parte de casi todas las religiones. El sol, la luna, hasta los planetas deben su nombre a divinidades. Pero también la tormenta, el mar, la naturaleza...

Y los eclipses siempre se atribuían a enfrentamientos entre dioses o a castigos divinos, como los cometas.

Maripuchi dijo...

Sí, adivagar .. hay que ir al Norte y además en distintas épocas: las auroras son incompatibles con el sol de medianoche...

Por cierto, hace justo tres años estaba disfrutando de ello.

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